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Lo Último

viernes, 19 de septiembre de 2014

No pido mas relato de Cumpleaños para Rachel Saga DMAV!

NO PIDO MÁS (relato de cumpleaños para Rachell)

Los tibios lengüetazos que impregnaban de saliva los dedos del pie derecho de Samuel y que poco a poco lo despertaban, se convirtieron en mordiscos que lo hicieron sobresaltar violentamente en la cama, haciendo que Rachell también despertara con el corazón desbocado ante el susto, mientras trataba de acomodarse los cabellos revueltos.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado? —le preguntaba a Snow que se paraba sobre sus dos patas traseras y movía enérgicamente el corto rabito.
Rachell empezó reír bajito, mordisqueándose el dedo pulgar al ver a su hermosa mascota sobre la alfombra, entusiasmado con los reclamos que Samuel le hacía y automáticamente se le congeló la sonrisa en el momento en que él clavó su mirada en ella.
—¿Quién le dejó la puerta abierta al perro? —preguntó con los párpados entornados, buscando la culpabilidad en Rachell.  
Aún no superaba esa sensación de ternura y ferviente deseo al verlo recién despierto, con sus párpados hinchados, sus cabellos desordenados y su boca más roja, haciéndola realmente apetecible. Así que no pudo retener ese suspiro que revoloteó en su pecho y lo dejó libre.
—Yo… yo no fui —contestó negando con la cabeza, tratando de salvarse de la acusación y de que él se diese cuenta de que lo estaba deseando como a nada en el mundo—. Así que no me culpes —sintió como la sábana se le deslizó cayendo en su regazo y las benditas pupilas  de Samuel se deslizaron por su piel, encendiéndola con ese poder que tenía, poder sobre ella que no podía ocultar porque sus pezones traicioneros se erguían, gritándole a ese hombre que los atendiera, con besos, caricias, chupones, mordiscos. Con lo que él quisiera, pero que lo hiciera.
Samuel se obligó a regresar la mirada  a la sonrojada cara de su mujer, a consecuencia de la excitación que le viajaba por la sangre y que él se moría por calmar.
—¿Entonces quién fue? Te recuerdo Mariposa tramposa que vivimos solos y yo no la dejé abierta —dijo elevando una ceja, entonces el perro empezó a ladrar exigiendo atención, porque por más esfuerzo que hacía no lograba subir a la cama.
Rachell abrió y cerró la boca, balbuceó un par de palabras inentendibles, tratando de dar una explicación que la salvara de ese interrogatorio por parte de Samuel. Pero era que no le gustaba que Snow se sintiera solo y en un lugar tan grande de noche, estaba segura que se asustaría. Apenas llevaban tres semanas viviendo en la casa y no terminaba de acostumbrarse, suponía que a su mascota le pasaba lo mismo, porque lo escuchaba merodear por todo el lugar y no lograba dormir hasta que ella no le abría la puerta y entonces se echaba en la alfombra a su lado, donde en medio de caricias se quedaba dormido.
—Por qué no dejas de reclamarme y me besas. ¿Acaso ya no quieres desearme buenos días? —preguntó en su defensa y dejándose llevar por sus más intensos deseos, que desesperadamente latían exigiendo saborear esa boca.

—Eres una manipuladora —masculló pellizcándole sutilmente un pezón.
Rachell lo golpeó en un hombro y entonces se dio cuenta de que los pezones de él también estaban erguidos, dándole la seguridad de que no era por el frío. Por curiosidad y porque el gran nudo de sábanas  y edredones no le permitían ver, las hizo a un lado.
—¡Vaya sorpresa que tiene ahí señor fiscal! —dijo emocionada al ver la prominente erección a través del pantalón celeste del pijama.
—No puedo despertar de otra manera si sigues durmiendo desnuda —alegó lanzándosele encima, para que no sólo apreciara como lo tenía, sino que también lo sintiera.
 —Intenté ser normal, pero no logro conciliar el sueño cómodamente —dijo sonriendo y esforzándose por sacar las piernas del nudo de sábanas mientras él le ayudaba.
—No me molesta que duermas sin ropa, pero debes estar dispuesta a levantarte más temprano —le pidió terminando por liberarla de las estorbosas telas.
—O tal vez hasta que tus ganas por mí disminuyan —sonrió encarcelándolo entre sus piernas.
—Eso no pasará nunca, ni aunque tenga ochenta años —confesó acariciándole los muslos, sintiendo en las yemas de sus dedos como los poros de Rachell se despertaban y esa sensación aumentaban las pulsaciones en su pene.
—Tendrás que tener los estimulantes sexuales encima de la mesa de noche —se carcajeó.
Samuel la imitó en una clara burla y después congeló el gesto, mirándola seriamente y empezó a mover lentamente la pelvis de abajo hacia arriba.
—Probablemente tenga que recurrir a estimulantes sexuales, pero no te me salvarás —murmuró contra los labios de su mujer, que descaradamente le sacó la lengua y empezó recórrele con la punta los labios, delineándolos una y otra vez.  Él mansamente se dejaba.
—No quiero salvarme, quiero morir en las garras de una pantera vieja —le dijo mirándolo a los ojos y sus caderas empezaron a incitarlo, mientras sus manos empezaron a bajarle el pantalón del pijama.
Samuel se incorporó para quitarse la prenda y aprovechó para lanzar las sábanas al suelo, dejando a Snow sepultado entre el montón de telas. El perro no hizo nada, tan sólo gimió bajito y se echó a dormir.
Sonriendo con pillería le abrió las piernas a su mujer y empezó a mordisquearle el monte de Venus, ella reía ante las cosquillas que Samuel creaba con su barba, pero también jadeaba ante la tortura placentera que le brindaba con sus dientes. A segundos se miraban a los ojos y seguían riendo.
Con la punta de la nariz Samuel inició una caricia en ascenso que interrumpía con cortos y húmedos besos que repartió con mucha paciencia por el vientre femenino, mientras ella jugaba a despeinarlo o le acariciaba la espalda, deshaciéndose en temblores que no podía contener y suspiros que no podía gobernar.
Los besos le mimaban cada espacio de su torso; la respiración lenta y pesada de Samuel se estrellaba contra su piel, conduciéndola al mismísimo cielo, era suavidad y aspereza, esa barba de dos días arrastrándose por su cuerpo aumentaban el placer.
—Sam —suspiró el nombre con los ojos cerrados y el cuerpo arqueado en busca de más.
—Menina, meu amor —murmuró con la voz cargada de lujuria para después regalarle un generoso chupón a uno de los pezones, quedándose en el altar que ella le ofrecía, no sólo regalándose su respiración, sino que también le entregaba su vida en cada beso. Hasta que subió hasta su boca—. Gracias por regalarme los mejores despertares de mi vida.
—Gracias a ti por calentarme las mañanas —le sonrió dulcemente, mientras le acariciaba el rostro y con uno de los pulgares le repasaba los labios, que se encontraba hinchados y sonrojados como fiel muestra de que se habían deleitado con su piel.  
—Mentirosa —reclamó ampliando la sonrisa y los ojos brillaron aún más. Sin poder ocultar su flagrante emoción ante las palabras de ella.
—No tengo porqué mentirte, calientas mis mañanas. Ahora estoy muy, pero muy caliente —jugueteó removiéndose y sintiendo la  amenazante erección pasearse por la parte interna de sus muslos.
—Estoy totalmente convencido de que no sólo te caliento las mañanas, puedo calentarte cada minuto del día —dijo con total desparpajo y la besó, antes de que ella pudiese protestar.
Rachell correspondió pero por muy poco tiempo, con ambas manos le agarró el rostro y lo alejó, él muy cínico seguía sonriendo.
—Samuel Garnett y su insuperable ego —sonrió completamente feliz y entregada a ese momento. Él le gustaba de esa manera, así fue como la cautivó tanto como para aceptar vivir de manera definitiva  con ese hombre—. Ya no debería discutir por eso.
—No, no deberías hacerlo, porque tienes a Samuel Garnett con todo su puto ego, suplicándote que le abras un poco más las piernas. No pido más —le pidió besándole la punta de la nariz y un jadeó liberó el tibio aliento, al sentir como una de las manos de Rachell se le aferraba a la erección, mientras le concedía la indulgencia de separar las piernas.
Fue ella quien tomó el control de la situación, al menos los primero minutos, porque esa pantera era indomable y siempre se imponía, enloqueciéndola con su arrebató, haciéndola gritar y aferrarse con devoción a lo que tuviese a mano, ya fuese el cuerpo bronceado de él o las almohadas; aunque la llevase a los limites donde no podía más, masoquistamente suplicaba por placer y entrega.
En medio de la nube que la envolvía sintió el peso divino del cuerpo tembloroso de Samuel desplomarse sobre ella,  haciendo lentas y profundas penetraciones con cada descarga, tomándola por los cabellos, mientras escondía el rostro en el cuello, calentándolo con su aliento jadeante, aumentando el vapor que la envolvía.
—Feliz cumpleaños, menina —musitó y le regaló varios besos, entonces recordó que no debió decirlo, pero las emociones lo rebasaron.  
—¿Qué día es hoy? —preguntó sonriente y extasiada.  Ella misma no recordaba el día y estaba confundida entre  sábado y domingo.
—Veintiuno de septiembre —le recordó recobrando un poco las fuerzas y le dio varios besos en la mejilla, hasta llegar a la boca.
—No lo recordaba —se carcajeó y una vez más se enamoraba de esa faceta de Samuel recién cogido en la que tenía los pómulos furiosamente sonrojados—. Es decir pensé que era sábado.
—Ya no sabes, ni en qué día te tengo viviendo. Definitivamente te tengo mal Rachell Winstead —confesó con alegría, y aún mantenía los latidos de sus corazón acelerado y la sangre circulándole con rapidez.
—Ya quisieras —satirizó guiñándole un ojo—. No te adjudiques los créditos, se debe a todo el trabajo que tengo encima, y mis dos días de descanso se van en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué vas a regalarme? —empezó a acariciarle con las yemas de los dedos la espalda, tal vez como mimo porque minutos antes le había enterrado las uñas. 
—No lo sé, he planeado quedarme todo el día contigo.
—Es lo menos que puedes hacer —confesó elevando una ceja en señal de advertencia.
—Bien, entonces me quedaré todo el día contigo y te prepararé el desayuno, almuerzo y cena.
—Cereales para los tres platos—se carcajeó consciente de que Samuel no sabía más que servir leche en un tazón y echar cereales.
—Bueno, no los comes todos los días. Lo importante es que lo haré con amor para ti.
—Eso es suficiente —le dio un beso en los labios y le palmeó los hombros—. Vamos a bañarnos, que tenemos que ejercitarnos.
—Cogida matutina debería contar como una rutina de ejercicios —dijo levantándose y teniéndole la mano para que ella también lo hiciera.
—Se queman calorías, pero yo necesito tonificar mis músculos.
—Por eso no hay problema, porque te tengo unas posiciones en las que…
—Samuel Garnett —interrumpió en la explicación de él—. Camina al baño, guarda energías para esta noche, que quiero celebrar mi cumpleaños hasta muy tarde, tal vez hasta el veintidós —pidió adelantándose y en ese momento Snow salió de debajo del montón de sábanas y la siguió, arremolinándosele en los pies, mientras suplicaba con alegría que lo cargara.  
—En ese caso, vamos a bañarnos —corrió y la agarró por la cintura, sin el mínimo esfuerzo la cargó, ganándose ladridos del cachorro—. Te quedas afuera perro celoso —sentenció cerrando la puerta del baño.
La casa contaba con dos lugares apropiados para realizar la rutina de ejercicios, uno quedaba en la planta baja, donde estaban las máquinas y pesas; en el que ellos se encontraban estaba estratégicamente ubicado en el segundo piso.
Una pared lateral era enteramente de cristal y la otra de espejo, lo que hacía lucir el lugar realmente espacioso, con una maravillosa vista al bosque, con pisos de parqué, en un extremo había una barra de acero inoxidable de manera horizontal que servía para el estiramiento previo a cualquier rutina y lo suficientemente alejados para no interferir en las prácticas de capoeira, dos tubos de suelo a techo, que eran exclusivamente para que Rachell practicara cada vez que quisiera Pole dance.
De las tres semanas que llevaban viviendo en la nueva casa y que compartían como marido y mujer, aunque ningún contrato lo certificara, era primera vez que Samuel entraba al lugar en compañía de Rachell, porque a ella siempre se le hacía tarde para ir hasta Manhattan y sus mañanas de ejercicios prácticamente se habían estancado. Admitía que no le gustaba despertarla tan temprano, pero para él era imposible dejar de lado su religiosa rutina de ese arte que lo acercaba a las raíces que tanto adoraba, y su cuerpo estaba prácticamente programado a madrugar.
Y los fines de semana anteriores no habían salido de la habitación, dándole uso a la cama y dejando que las pasiones los gobernaran, así que por primera vez Rachell lo acompañaba en ese lugar.  
—¿Si coloco un poco de música te distraería de la rutina? —preguntó Rachell, vestida con un short negro que dejaba ver la mitad de sus nalgas, un top de spandex que le llegaba debajo del busto, con unas tobilleras de lana, todo en color negro.
—No, puedo perfectamente practicar con cualquier tipo de música —alegó observando a través del espejo como Rachell se acercaba hasta el amplificador de sonido y se obligó a quitarle la mirada del culo.
Las suaves y sensuales notas del piano empezaron a inundar el lugar, seguido de una secuencia de jadeos ahogados. Rachell caminó hasta donde se encontraban la barra, mientras ondeaba su torso arrebatadoramente sensual sin ser consciente de que estaba robándole la cordura al hombre cerca de ella.
Samuel sacudió ligeramente la cabeza y respiró profundo concentrándose única y exclusivamente en su rutina de capoeira, que inició mientras mentalmente se animaba a no mirar a Rachell.
“Deseo ardiente” coreaba el tema y eso precisamente era lo que corría desbocado por su cuerpo, mientras Rachell tan sólo calentaba un poco.
El ginga doble paso, se le iba a la mierda cada vez que a través del espejo sus pupilas irreverentes seguían atentas cada movimiento de esa mujer. Definitivamente había sido pésima idea ambientar ese lugar para ambos.
Se detuvo llevándose las manos a las caderas a modo de jarra, exasperado y frustrado, en el preciso momento en que Rachell se sostuvo del tuvo con las manos y abrió las piernas de extremo a extremo.
—Así no puedo —dijo al fin mientras negaba con la cabeza—. No logro concentrarme.
Rachell con destreza bajó las piernas y se soltó de la barra, salió corriendo y pausó el tema.
—Si quieres podemos colocar la música con la que prácticas, por eso te pregunté.
—No, es la música. Eres tú. —confesó caminando hacia ella.
—¿Soy yo? —preguntó fingiendo inocencia mientras se llevaba la mano al pecho.
—Sí… no logro concentrarme, si te abres de esa manera, si te mueves así —farfulló y el influjo de la respiración mostraba que estaba acelerado.
—Si quieres puedo irme a otra parte o para que no estés únicamente de espectador puedes practicar conmigo.
—¿En el tubo? —inquirió frunciendo el ceño ante la incredulidad.
—Sí, lo hombres también lo practican —se acercó a él y poniéndose de puntillas le cerró el cuello con los brazos, Samuel se le aferró con ambas manos a las nalgas—. Te propongo armar un cronograma, dos días de capoeira y dos días en el tubo. Así ninguno de los dos interferirá en la rutina el otro, porque no es fácil ver como haces todas esas volteretas. 
—Está bien, no me opongo. Contigo no sólo quiero hacer cualquier cosa, también quiero inventarlas —le dijo guiñándole un ojo.
—Entonces empecemos por lo más básico —dijo liberándole el cuello y lo instó a que le soltara las nalgas.
—¿Qué haces? —preguntó sonriente, al ver que Rachell en cuclillas empezaba a bajarle el pantalón de chándal blanco y lo dejaba con el boxer briefs en el mismo color.
—No te emociones que no voy a mamártela, es que el pantalón no te dejará hacer nada —le dijo con pillería.
—No fue eso lo que pensé —acotó levantando los pies para deshacerse de la prenda.
—¿En serio? —inquirió lanzando el pantalón a un lado.
—La fracción de segundo que pasó por mi cabeza no cuenta —sonrió ampliamente.
Rachell negó con la cabeza y se dio a la tarea de explicarle, estaba completamente segura que Samuel aprendería rápido porque su cuerpo estaba acostumbrado a todo tipo de resistencia y equilibrio.
—Primero hay que agarrar impulso —dijo aferrándose con una mano en lo alto del tubo—. Caminar alrededor de la barra. Sólo serán cuatro pasos esenciales, pierna derecha fuera, siempre será la que te guiará —explicaba mientras caminaba y Samuel seguía cada movimiento con atención—. En este punto necesitarás utilizar la otra mano y el talón siempre hacia atrás para que la curva sirva de soporte.
—Entendido —dijo con seguridad.
—No es tan fácil como parece —advirtió concediéndole el puesto.   
—Por eso estamos practicando. —empezó  a caminar, pero al segundo paso se detuvo—. No hemos fijado el premio.
—¿Y quieres un premio? —indagó incrédula, sin poder contener la sonrisa que bailaba en sus labios.
—Por supuesto, algo que me aliente a poner todo mi empeño.
—Ummmm, será premio sorpresa.
—No me agrada la idea, prefiero saber para qué me estoy esforzando.
—Bueno, tendrá que agradarte. Ya no pierdas más el tiempo. —lo instó empujándolo para que continuara.
Samuel prosiguió caminando alrededor de la barra de acero para encontrar el impulso que se requería y en el momento justo, usó la otra mano para sostenerse, se le olvidó aferrarse con el talón y aunque logró girar no lo hizo como debía.
Rachell le recordó una vez más cada uno de los pasos y después de tres intentos logró hacerlo, a él no se le dificultaba ya que tenía suficiente fuerza en los brazos.
Era momento de que ella le explicara otra técnica, pero no logró hacerlo porque el teléfono de Samuel irrumpió con uno de los tonos universales en el lugar.
—Un minuto —se disculpó y salió trotando hacia donde estaba su teléfono en el suelo—. Mierda —masculló al ver la pantalla de su celular.
Rachell supuso que a Samuel no le agradaba la llamada entrante al ver como la cara mostraba el descontento.
—Buenos días, pero supongo que los míos dejaran de serlo en segundos —farfulló  como un niño malcriado y se carcajeó sin gracia a lo que acababan de decirle al otro lado de la línea—. Si ya sé que el crimen no descansa, espero las coordenadas por correo. Estoy tranquilo, feliz día Fiscal —dijo sin animo y dejó libre un pesado suspiro al tiempo que finalizaba la llamada.
Rachell se alzó de hombros, tratando de mostrarse despreocupada ante lo que era evidente. Samuel debía marcharse en un día que suponía debían compartir, pero debía aceptarlo hasta con sus inoportunos horarios de trabajo.
Samuel caminó hasta ella y le tomó el rostro entre las manos, queriendo cambiar ese momento en que la boca de Rachell formaba un puchero involuntario.
—Lo siento —murmuró dándole un beso en los labios—. Sé que es tu cumpleaños y prometí pasarlo contigo, si pudiera cambiarlo lo haría sin dudarlo.
—Puedes estar tranquilo —musitó cubriendo con sus manos las de Samuel que le calentaban el rostro.
—Prometo que será rápido, te llevaré a cenar fuera de casa. Después de esto no puedo ofrecerte cereales.
—Más te vale, Garnett.
—Tengo que darme prisa.
—No te tengo amarrado —le dijo con una gran sonrisa.
—Pero quisieras —le dio otro beso en la frente.
Salió trotando del lugar y Rachell aprovechó para practicar en la barra, al menos lo haría por un par de horas, después saldría a pasear con Snow por el bosque.

Las puertas del ascensor del apartamento que hasta poco habían compartido los primos Garnett se abrían y Samuel salía con paso apresurado.
—Hasta que apareces, no te condueles de tu pobre primo que dejaste abandonado como si fuera un perro —dijo Thor mientras bajaba las escaleras y captando la atención de Samuel—.  Y tengo que llamarte para hacerte venir. ¿Se comió el cuento Rachell?
—Sí, supongo que sí.
—Entonces no es tan astuta como imaginaba. —soltó una carcajada y abrazaba a Samuel.
—Confía en mí, que es muy distinto —soltó el abrazo y se dirigió a la cocina por un poco de agua—. ¿Tienes todo listo?
—Sí ya todo está listo, pero tienes que pautar la hora, el tiempo y cuantas vas a utilizar —Se dejó caer sentado en el sofá y Samuel se sentó a su lado.
—Se nota que has estado desconsolado —dijo al encontrarse con un sostén color champagne y encaje rosado.
—Son de tu hermana —dijo quitándoselo.
—Gracias por recordarme que te estás cogiendo a mi hermana.
—Deberías aceptarlo de una buena vez. Por ella me he convertido en un hombre correcto. —acotó con el orgullo a punto de explotar.
—Más te vale —le palmeó  una pierna—. Vamos que no puedo perder el tiempo.
Se puso de pie y Thor también lo hizo, salieron al encuentro que tenían pendiente.

Rachell había paseado a Snow, se había preparado una ensalada y visto una película, el tiempo avanzaba y no daba señales de Samuel, acostada en una tumbona frente a la piscina revisaba su teléfono móvil cuando se anunció una llamada, ella conocía muy bien el número. Era de la residencia Garnett en Brasil.
—¡Feliz cumpleaños, fea! —gritó Sophia, mucho antes de que pudiese saludar y empezó a canturrear el  Happy Birthday. Rachell reía emocionada, mientras la voz de su amiga la hacía olvidar de esa extraña soledad en la embargaba.
—Gracias —dijo verdaderamente emocionada—. Como están mis sobrinas.
—Tus sobrinas están muy bien, me tienen los pezones destrozados. Lo que no hizo el padre, ni en sus arrebatos más pasionales. Supongo  que debes estar festejando.
—Más o menos.
—¿Cómo que más o menos? —inquirió algo desconcertada.
—Es que estoy sola. El fiscal llamó a Sam, le salió trabajo.
—¿Hoy? ¿Domingo?
—Sí, ya sabes que no tiene un horario fijo. Dijo que trataría de regresar temprano para llevarme a cenar.
—Espero que esa cena sea especial. Te voy a pasar a Ian.
—Está bien.
Rachell recibió las felicitaciones y los buenos deseos de Ian, de su esposa Thais y del señor Reinhard Garnett. Después de casi una hora al teléfono y de sentirse en compañía volvió a quedar sola.
Una vez más su teléfono móvil anunciaba una llamada y era de Thor.
—¡Feliz cumpleaños! —soltó cargado de energía y buena vibra.
—Gracias Thor. —dijo sonriendo contagiándose ante el entusiasmo del primo de Samuel.
—Espero no estar interrumpiendo nada, no me perdonaría arruinarte un orgasmo.
Rachell soltó una carcajada ante las ocurrencias de Thor y se acercó al borde de la piscina, metiendo la punta del pie en el agua.
—No interrumpes nada. Tu primo no está conmigo, tuvo que salir porque lo llamó el Fiscal General.
—Pedazo de mierda es Sam —exageró su asombro, mientras le palmeaba la espalda a Samuel a su lado y le guiñaba un ojo—. Deberías recapacitar sobre tu decisión de estar con él y buscarte a otro que sí te dé el tiempo que te mereces.
Samuel le dio un manotón en la cabeza, y una patada en el culo, mientras se tragaba un sinfín de improperios.
Rachell se carcajeaba, porque no podía dar una respuesta, ya que no era recapacitar sobre una decisión, porque ella no lo había elegido, Samuel había llegado imparable como un meteorito para dejarle saber que con él las opciones quedaban fuera.
—Bueno Rachell, tengo que dejarte porque voy a conducir…  Si Sam aparece y quieren hacer algo especial que no los involucre exclusivamente a los dos, me llamas.  
—Bien, te llamaré. Él dijo que esperaba llegar temprano para llevarme a cenar. Te avisaré.
—Perfecto… —antes de que ella pudiese colgar él interrumpió—. Rachell, Rach… no es cierto lo que te dije, mi primo es un buen hombre.
—Lo sé —dijo ella riendo.
—Entonces puede que nos veamos luego.
—Puede ser  —dijo sin dejar de sonreír y finalizó la llamada.
Después de la comunicación con Thor, muchas personas más la llamaron, era como si todos se hubiesen puesto de acuerdo para no hacerlo sino después de media tarde y en el fondo agradeció esa generosa invasión porque le agilizaron el tiempo.

Cuando se estaba bañando  Samuel la sorprendió al llegar e irrumpió en el lugar, para bañarse con ella, donde irrefrenablemente tuvieron sexo. Él con sus besos y caricias le hizo olvidar todo el tiempo que estuvo ausente.
Como había prometido la llevó a comer fuera,  y por ser día de su cumpleaños se daría un gusto y un pecado, estaba antojada de comer pizza y él la llevó a una de las pizzerías más populares en la Avenida Broadway.
No se reprimió al pedir una con todos los ingredientes que se le antojaron, mientras esperaban Rachell le pidió a Samuel que invitara a Thor, pero al tercer intento de llamada y que se le fuera al buzón de voz, desistieron al suponer que debía estar ocupado. Lo que ella no sabía era que el chico no podía estar presente.
Logró comerse tres pedazos de la jugosa y deliciosa pizza, que más de una vez la hizo reír cuando el queso se estiraba y Samuel tenía que ayudarla.
—Aún es temprano para regresar a casa, ¿quieres caminar? —preguntó Samuel acariciándola el lóbulo de la oreja.
—Estoy que no puedo dar ni un paso —soltó como si estuviese realmente cansada—. He abusado con la comida.
—Te servirá para hacer digestión —le aconsejó.
—Está bien, pero caminaremos lento.
—Muy lento —aseguró él poniéndose de pie y tendiéndole la mano.
Rachell le sonrió y aceptó la mano. Salieron de la pizzería y la brisa fría les golpeó en las mejillas ruborizándolas, y él le pasó el brazo por encima de los hombros.
Por petición de Rachell ambos vestían iguales, con vaqueros desgatados, chaquetas de cuero negra, camisetas blancas y converse.
Samuel le explicaba un poco acerca del inexistente caso, captando la atención de Rachell y ella le contaba de todas las llamadas de felicitaciones que había recibido. Cuando llegaron a la intercepción entre  Broadway y la Séptima Avenida. Había un hombre vendiendo globos metalizados de helio con el típico: I Love NY.
—Señor me da uno, por favor —pidió Samuel, consciente de que a Rachell le gustaban los globos, porque nada de lo que a ella le gustara, por muy mínimo que fuese él podría olvidarlo.
—No es necesario Sam, esto es para los turistas —acotó Rachell sonriente.
—Sí, puede que sean para los turistas, pero no voy a permitir que este se lo lleve alguien de quien sabe qué país —recibió el globo que el hombre le entregaba y entonces ella fue consciente de que decía I Love Rach.  Tan solo uno entre docenas idénticos, decía su nombre. No pudo evitar lanzársele al cuello y dejarle caer una lluvia de besos sin importarle que estuviesen en pleno  Times Square.
—Te gusta sorprenderme —emocionada agarró su extraordinario regalo, no era el valor económico, sino el sentimental lo que lo hacía verdaderamente especial.
—Algunas veces —dijo sonriente y siguieron caminando, entre el mar de gente que a esa hora se paseaba por el lugar, mientras admiraban las inmensas pantallas de luces Led, publicitando las marcas y programas más famosos del mundo.
Rachell abrió la boca y la cerró, al ver como una de las pantallas empezó a titilar la palabra “Menina” dos más también se iluminaron y decían “Feliz cumpleaños”  giró sobre sus pies y al otro lado, otras pantallas no sólo expresaban el amor que el hombre a su lado sentía sino que también la felicitaban, otra y la más grande de las pantallas empezó a proyectar imágenes de ella. Fotografías con todas las personas que quería, que su linda mascota y sobre todo con él.
Suponía que Samuel tenía alguna fijación con los momentos, con las fotografías y con siempre tener presente esos instantes que pasaron y que lograron inmortalizarse en una imagen.
Como una tonta y sin poder retener las emociones se echó a llorar y en un intento por cubrirse el rostro, soltó el globo que inevitablemente fue arrastrado por el viento hacia el cielo. Se lamentó y Samuel no dejó que lo hiciera por mucho tiempo, porque la besó y entonces algunos de los presentes en el lugar se dieron cuenta de que ella era la chica de las fotografías y de esa sorpresa en algunas de las pantallas del Times Square, por lo que empezaron a aplaudir, contagiando a todos los demás.
Mientras Samuel la besaba, demostrándole lo especial que era. Thor y Megan que aparecieron de entre las personas empezaron a cantar el Happy Birthday siendo seguidos por docenas de personas a su alrededor, creando un maravilloso coro que retumbaba en el lugar.

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