
PRIMER ENCUENTRO: Cobra y
Elizabeth
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"No me gustaría mirar el
jardín solamente con espinos... Es muy bueno tener una rosa en el jardín"
Mestre Nô
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Llevaban más de dos horas
recorriendo las estrechas y empinadas calles de Rocinha, mientras Elizabeth
buscaba atentamente con su mirada alguna roda, aún guardaba las esperanzas de
encontrar, al menos, una. Sabía que otra oportunidad como esa no la tendría jamás
en su vida, que Renatinho, no se dejaría intimidar por mucho tiempo, y que no
encontraría a nadie más, dispuesto a acompañarla.
—Eli, es mejor desistir, no vas
a encontrar ninguna roda, si tanto quieres practicar no tengo ningún
inconveniente en acompañarte a la academia.
—No quiero ir a la academia, puedo hacerlo cualquier otro día. Quiero contrincantes de verdad, no los mismos con los he combatido toda mi vida.
—¿Por qué eres tan obstinada? —Reprochó y desvió la mirada al taxista—. Señor puede llevarnos de regreso —pidió y una vez más se pegaba más a su prima, al ver como un motorizado casi le arrancaba el retrovisor al taxi.
—No, no señor, solo avancemos
un poco más.
—Elizabeth Garnett, sabes
cuánto peligro corremos aquí, eres tú quien corre más peligro. Ni siquiera es
seguro que podamos agarrar un taxi de regreso.
—El señor nos va a esperar —la joven de ojos gris azulado desvió la mirada al taxista—. ¿Verdad que nos va a esperar?
—El señor nos va a esperar —la joven de ojos gris azulado desvió la mirada al taxista—. ¿Verdad que nos va a esperar?
—Disculpe señorita, pero no
podré, ya mi horario termina. Necesito buscar a mis hijos en la escuela
—expresó el hombre sintiéndose algo avergonzado.
Elizabeth hizo una mueca de frustración y resopló, al parecer ese día, la suerte no estaba de su lado. Llevaba años, queriendo abrirse otros horizontes en lo que le apasionaba, pero si no era con sus compañeros de su academia, a los que ya les conocía las mejores técnicas capoeiristica, al parecer no tenía opciones, poco a poco su pasión estaba pasando a la historia, no importaba durante sus vacaciones en Río, cuanto se paseara por los principales lugares de la ciudad y a los que su padre creía seguros, no encontraba una bendita roda.
Elizabeth hizo una mueca de frustración y resopló, al parecer ese día, la suerte no estaba de su lado. Llevaba años, queriendo abrirse otros horizontes en lo que le apasionaba, pero si no era con sus compañeros de su academia, a los que ya les conocía las mejores técnicas capoeiristica, al parecer no tenía opciones, poco a poco su pasión estaba pasando a la historia, no importaba durante sus vacaciones en Río, cuanto se paseara por los principales lugares de la ciudad y a los que su padre creía seguros, no encontraba una bendita roda.
Ni si quiera las veces que
había viajado a Bahía, había contado con esa suerte, inevitablemente unos de
los deportes más lindos, que alguna vez fue consagrado como un patrimonio, lo
estaban dejando morir.
Cada vez que hablaban acerca de las rodas en algunas favelas, era como si se refiriesen a algún mito, todos sabían que aún se mantenían, pero muy pocos las veían, y no porque el maravilloso arte de la capoeira hubiese remontado a sus inicios en los cuales era penalizado, sino porque ya no había el mismo interés por el arte.
—Señor por favor, llévenos de vuelta —determinó Renato, incorporándose un poco más en el asiento para estar más cerca del chofer que estaba sentado delante de él.
—¡Allá! ¡Allá! —gritó
Elizabeth, al ver como en una plataforma de concreto que sobresalía de las
casas y en lo alto de la montaña, había una roda.
Sin esperar que el auto se detuviera completamente, abrió la puerta y golpeó un poste de cableado eléctrico, que parecía ser una intrincada tela de araña, por la cantidad de cables de varios colores entrelazados y que iban a todas partes.
Sentía el corazón a punto de explotar, su mito se había convertido en realidad, y era incapaz de contener la gran sonrisa que la hacía lucir más juvenil.
Sin esperar que el auto se detuviera completamente, abrió la puerta y golpeó un poste de cableado eléctrico, que parecía ser una intrincada tela de araña, por la cantidad de cables de varios colores entrelazados y que iban a todas partes.
Sentía el corazón a punto de explotar, su mito se había convertido en realidad, y era incapaz de contener la gran sonrisa que la hacía lucir más juvenil.
—Disculpe señor —intervino Renato aún en el asiento trasero, mientras buscaba
su billetera. Se había resignado a que debía bajarse en el lugar, porque si no
había logrado convencer a su prima de que eso era una total locura, antes de
que viera una roda, ahora que lo había hecho, ya no lo haría, estaba a punto de
pagarle, pero retuvo el billete—. ¿Será que nos puede acercar un poco más?
—No, realmente no puedo —ya había prestado el servicio por mucho tiempo, debía regresar al norte de la ciudad y estaban al otro extremo—. Pero será mucho más rápido para ustedes si se meten por lo callejones, tampoco es mucho lo que pueda adentrarlos, porque a dos cuadras la calle se vuelve más angosta y solo se puede pasar en motos —explicó muy amablemente como era esencia en los nativos brasileiros.
—No, realmente no puedo —ya había prestado el servicio por mucho tiempo, debía regresar al norte de la ciudad y estaban al otro extremo—. Pero será mucho más rápido para ustedes si se meten por lo callejones, tampoco es mucho lo que pueda adentrarlos, porque a dos cuadras la calle se vuelve más angosta y solo se puede pasar en motos —explicó muy amablemente como era esencia en los nativos brasileiros.

































