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Lo Último

sábado, 23 de mayo de 2015

Primer encuentro: Cobra y Elizabeth de Mariposa Capoerista♥




PRIMER ENCUENTRO: Cobra y Elizabeth
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"No me gustaría mirar el jardín solamente con espinos... Es muy bueno tener una rosa en el jardín"
Mestre Nô
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Llevaban más de dos horas recorriendo las estrechas y empinadas calles de Rocinha, mientras Elizabeth buscaba atentamente con su mirada alguna roda, aún guardaba las esperanzas de encontrar, al menos, una. Sabía que otra oportunidad como esa no la tendría jamás en su vida, que Renatinho, no se dejaría intimidar por mucho tiempo, y que no encontraría a nadie más, dispuesto a acompañarla.
—Eli, es mejor desistir, no vas a encontrar ninguna roda, si tanto quieres practicar no tengo ningún inconveniente en acompañarte a la academia.

—No quiero ir a la academia, puedo hacerlo cualquier otro día. Quiero contrincantes de verdad, no los mismos con los he combatido toda mi vida.

—¿Por qué eres tan obstinada? —Reprochó y desvió la mirada al taxista—. Señor puede llevarnos de regreso —pidió y una vez más se pegaba más a su prima, al ver como un motorizado casi le arrancaba el retrovisor al taxi.
—No, no señor, solo avancemos un poco más.
—Elizabeth Garnett, sabes cuánto peligro corremos aquí, eres tú quien corre más peligro. Ni siquiera es seguro que podamos agarrar un taxi de regreso.
—El señor nos va a esperar —la joven de ojos gris azulado desvió la mirada al taxista—. ¿Verdad que nos va a esperar?
—Disculpe señorita, pero no podré, ya mi horario termina. Necesito buscar a mis hijos en la escuela —expresó el hombre sintiéndose algo avergonzado.
Elizabeth hizo una mueca de frustración y resopló, al parecer ese día, la suerte no estaba de su lado. Llevaba años, queriendo abrirse otros horizontes en lo que le apasionaba, pero si no era con sus compañeros de su academia, a los que ya les conocía las mejores técnicas capoeiristica, al parecer no tenía opciones, poco a poco su pasión estaba pasando a la historia, no importaba durante sus vacaciones en Río, cuanto se paseara por los principales lugares de la ciudad y a los que su padre creía seguros, no encontraba una bendita roda.
Ni si quiera las veces que había viajado a Bahía, había contado con esa suerte, inevitablemente unos de los deportes más lindos, que alguna vez fue consagrado como un patrimonio, lo estaban dejando morir.

Cada vez que hablaban acerca de las rodas en algunas favelas, era como si se refiriesen a algún mito, todos sabían que aún se mantenían, pero muy pocos las veían, y no porque el maravilloso arte de la capoeira hubiese remontado a sus inicios en los cuales era penalizado, sino porque ya no había el mismo interés por el arte.

—Señor por favor, llévenos de vuelta —determinó Renato, incorporándose un poco más en el asiento para estar más cerca del chofer que estaba sentado delante de él.
—¡Allá! ¡Allá! —gritó Elizabeth, al ver como en una plataforma de concreto que sobresalía de las casas y en lo alto de la montaña, había una roda.
Sin esperar que el auto se detuviera completamente, abrió la puerta y golpeó un poste de cableado eléctrico, que parecía ser una intrincada tela de araña, por la cantidad de cables de varios colores entrelazados y que iban a todas partes.
Sentía el corazón a punto de explotar, su mito se había convertido en realidad, y era incapaz de contener la gran sonrisa que la hacía lucir más juvenil. 

—Disculpe señor —intervino Renato aún en el asiento trasero, mientras buscaba su billetera. Se había resignado a que debía bajarse en el lugar, porque si no había logrado convencer a su prima de que eso era una total locura, antes de que viera una roda, ahora que lo había hecho, ya no lo haría, estaba a punto de pagarle, pero retuvo el billete—. ¿Será que nos puede acercar un poco más?
—No, realmente no puedo —ya había prestado el servicio por mucho tiempo, debía regresar al norte de la ciudad y estaban al otro extremo—. Pero será mucho más rápido para ustedes si se meten por lo callejones, tampoco es mucho lo que pueda adentrarlos, porque a dos cuadras la calle se vuelve más angosta y solo se puede pasar en motos —explicó muy amablemente como era esencia en los nativos brasileiros.

A Renato no le quedó más que pagar el servicio y bajar, con la mirada aturdida como si se encontrara en el mismísimo infierno.
—No lo puedo creer, míralos —dijo Elizabeth extendiendo el brazo y señalando, a la distancia donde apenas se podía distinguir a varias personas con los torsos desnudos y pantalones de capoeira de distintos colores.
Estaba tan emocionada que se controlaba para no dar saltos como si fuera una niña, lo que no pudo evitar, fue quitarse rápidamente el sencillo vestido que llevaba puesto, dejando al descubierto, su vestimenta de capoeira, siendo el centro de atención de más de un transeúnte.
—Yo tampoco lo puedo creer, no puedo creer que estemos en este lugar —murmuró con el corazón brincando en la garganta e intentando esconder su mirada azul, tras la visera de la gorra blanca que llevaba puesta. Como si pretendiera esconder su identidad.
—¿Tienes miedo, Renatinho? —se burló sonriente.
—También deberías tenerlo, ¿acaso crees que podrás pasar desapercibida?
—Sé que no vamos a pasar desapercibidos, pero no es peligroso, antes de venir le pregunté a un guía turístico y me aseguró que nunca le han hecho daño a ningún turista.
—No eres turista.

—Solo habla mitad inglés, mitad portugués y te creerán turista —sugirió guardando el vestido en el bolso que llevaba Renato.
—¿Qué turistas vienen solos? —refunfuñó y siguió a Elizabeth que emprendió el andar sin esperarlo—. ¿Podrías esperar? —preguntó aligerando el paso, por el realmente empinado camino, que empezaba a robarle todo el aliento.
—Es que no haces más que quejarte, y entre más tiempo perdamos más tarde vamos a regresar a casa.
—Señorita sabelotodo, creo que es conveniente preguntar primero.
—No será necesario, solo seguimos los callejones y llegaremos pronto.
—Sabes que los callejones no son más que un puto laberinto —le dijo mostrándose realmente serio y reteniéndola por un brazo—. Vamos a preguntar o agarro el primer taxi disponible —amenazó sin siquiera espabilar.
—Está bien preguntemos —cedió ante la amenaza de su primo—. Voy a preguntarle a aquel señor —dijo alargando la mirada hacia el hombre de unos sesenta años que estaba sentado en la calzada al otro lado de la calle.
Elizabeth trotó, agradeciendo al hombre en el automóvil que amablemente le había cedió el paso, mientras él sin ningún recato disfrutaba del delgado y torneado torso al descubierto.
Ella llegó hasta donde el señor de piel oscura y cabello ensortijado blanco, estaba sentado sin camisa, en el frente de lo que parecía ser su vivienda. Con esa sonrisa encantadora que había heredado del padre, se aventuró a preguntarle, cómo podría llegar a donde estaban los capoeiristas.

Renato miraba a todos lados, temeroso de estar en un lugar que solo había visto desde afuera, estaban en una de las mejores zonas de Río de Janeiro, la zona sur, pero las favelas estaban distribuidas de esa manera, donde uno menos se lo esperaba y en medio de la opulencia, surgían, miles de casas rudimentarias que parecían haber sido construidas estratégicamente una encima de la otra en toda la montaña, o era como se las imaginaba, pero dentro, en medio de esa calle, con tanto bullicio proveniente de algún lugar cercano, todo era totalmente contrario a como estaba en su cabeza. Eso le pasaba por nunca haber acompañado a su abuelo a obras sociales.
Nunca había sido de su agrado salir de su muy reducido círculo social, para él no había más realidad que la que vivía, se cegaba a los problemas sociales, y no solo del país, sino a nivel mundial, su madre constantemente le reclamaba su falta de interés por todo lo que lo rodeaba, pero era su vida y la vivía como mejor le parecía.
—No es tan complicado —dijo Elizabeth con entusiasmo—. Renatinho, sé que no es de tu agrado estar aquí —empezó a explicar, al ver la cara de descontento del joven—. Pero es una experiencia que tal vez, nunca más pueda experimentar, por favor, primo, por favor —suplicó abrazándolo—. Es el momento que he esperado toda mi vida.
—Está bien, eres la mujer más manipuladora que he conocido —aseguró apretándole la nariz en un gesto divertido—. Solo será por dos horas, ni un minuto más, ni un minuto menos. Esto es mi regalo de cumpleaños por adelantado.
—Lo prometo —dijo alejándose y elevando la mano derecha a modo de juramento. Después utilizó sus dedos índices, y los llevó a la comisura de la boca de Renato, plegándole los labios, en una mueca de sonrisa—. Así está mucho mejor —confesó sonriendo y le guiñó un ojo.
Él le tomó la mano y emprendieron el camino, a los pocos pasos Elizabeth, prácticamente lo arrastraba cuesta arriba, justamente eran cuatro cuadras, y cruzar por el callejón a la derecha.
A Renato el aliento se le sofocaba en la garganta, las piernas le dolían y juraba que no podía dar un paso más, esa maldita subida, era la peor de las torturas. Estaba totalmente sonrojado y sudado, con el sol prácticamente posado en la cabeza.
Al asomarse al callejón, pensó que por primera vez en la vida sufriría de un ataque de claustrofobia, eran tan estrecho que debía ir uno detrás del otro, los cables de la electricidad, de un lado a otro todo enmarañados, daba la impresión de ser una colorida y peligrosa hiedra.
Botes de aguas negras que lo obligaban a contener la respiración, al menos, agradecía que ciertos tramos habían escaleras que les tocaba bajar, suponía que algo parecido a eso debía ser la entrada al infierno, aromatizado con una mezcla de olores, de cloaca y marihuana. Escuchaba gente hablando, gritando, cantando, proveniente de las casas que franqueaban ese reducido camino.
En varias oportunidades se toparon con personas, a las que él ni se atrevía a mirar a la cara por temor, mientras que Elizabeth a todos saludaba, estaba seguro que eso lo hacía para drenar el miedo que muy en el fondo, sentía, pero se hacía la valiente, con tal de cumplir su anhelada locura.

Después de mucho andar entre callejones, llegaron a una calle considerablemente más ancha, pero no era usada para el paso vehicular, sino que había un improvisado mercado, en el que las personas en medio de gritos ofrecían sus productos. Poder entender quién vendía qué cosa, era realmente complicado, porque todos hablaban al mismo y tiempo, además de diferentes ritmos musicales sonando por todas partes.
—Voy a preguntar, qué camino seguimos ahora —acotó Elizabeth—. ¿Quieres algo?
—No gracias, no quiero absolutamente nada —dijo mirando asqueado a su alrededor.
Elizabeth ignoró la actitud de su primo y se acercó hasta dónde había una señora obesa, que alegremente cantaba y movía su voluptuoso cuerpo al ritmo de la tropical melodía que entonaba. Mientras atendía su venta de bebidas refrescantes.
Renato, siempre mantenía la distancia, distrayéndose con algunos lienzos colgados de un prosaico pintor, que con destreza trabajaba sobre un atardecer en Ipanema, con el único objetivo de venderles sus obras a los turistas.
—Sigamos, ya estamos por llegar —le dijo entregándole una botella con agua a su sonrojado y acalorado primo.
—Solo espero que estemos en el camino correcto, ya ni siquiera vemos la roda para guiarnos, pero sobre todo que recuerdes como regresar —comentó mientras destapaba la botella de agua, porque verdaderamente tenía una sed abrasadora.
—Tengo memoria eidética, así que puedes estar tranquilo —afirmó, quitándole la botella y dándole un trago al agua.
—Sería más confiable si le tomamos algunas fotografías a algunos lugares en específico.
—Renato, ni se te ocurra sacar el móvil aquí, no quiero pasar un mal momento —le aconsejo, sin dejar de caminar con rapidez, estaba realmente ansiosa por llegar.
Tuvieron que abandonar la calle donde se encontraba el improvisado mercado, y se adentraron en un nuevo callejón, que los llevaba a algunas casas que parecían nunca haber sido terminadas, porque los piso eran de tierra, no tenían puertas, ni ventanas, los ladrillos no estaban revestidos de ningún material.
—Esto parece el escenario de alguna película de terror —se quejó en voz muy baja Elizabeth, pero antes de que su primo protestara continuó—: ¿No te parece excitante? —inquirió fingiendo una gran sonrisa.
Subieron unas escaleras y salieron a otra calle, siendo recibidos por música, había un grupo de adolescentes montando una coreografía de funky, y bailaban contoneando su cuerpo como si estuviese quebrándose poco a poco, con un retumbar de caderas que atrapó totalmente la atención de Renato.
Él ralentizó el paso, como si las caderas de esas chicas tuvieran el poder para estancarlos en el lugar, mientras se obligaba a no abrir la boca y que sus pupilas no siguieran, el endemoniado movimiento de los pueriles culos sacudiéndose sin ningún tipo de pudor, ese contoneó que había acelerado todos los latidos del cuerpo masculino.
Nunca en su vida había visto en vivo y directo, mujeres que se movieran con esa rapidez y contundencia, inevitablemente despertando en él los más obscenos pensamientos. Una de ellas, con la piel como el color de la canela, los ojos más amarillos que verdes, el cabello ondulado hasta la cintura, se percató de que era el centro de atención de su mirada, sin ningún tipo de vergüenza le regaló una impúdica sonrisa.

El primitivo hombre, visceral, casi cavernícola, le correspondió de la misma manera, pero todo el encanto se fue a la mierda, justo en el momento en que tropezó con una piedra y casi cae de bruces, pasando de ser el seductor “turista” al estúpido payaso que les provocó sonoras carcajadas, por lo que prefirió seguir con su camino, desviando su atención hacia el frente, intentando ocultar su rostro sonrojado por la vergüenza. 
 
—Ten cuidado —pidió Elizabeth, también riendo. Siendo consciente de que su primo había quedado aturdido ante las jovencitas que solo pretendían imitar a uno de los tantos grupos musicales, así como ella misma lo había hecho durante su adolescencia con Hera y Helena, llevándose más de una reprimenda de su abuelo y padre, por pretender moverse de esa manera tan vulgar.
Otro caparazón de lo que posiblemente había sido una vivienda, con las paredes llenas de grafitis, de diferentes colores, tamaños y modelos, algunos parecían ser verdaderas obras de arte, les daban la bienvenida, y el viento que se arremolinaba en el lugar silbaba en sus oídos y levantaba el polvo.
Las palmadas, que acompañaban a los corridos, marcaron el ritmo de los latidos del corazón de Elizabeth, así mismo como se le erizó cada poro del cuerpo, siguió las voces masculinas y corrió escaleras arribas, cada escalón de concreto que alcanzaba, era un escalón menos que la alejaba de por fin ser parte de un juego, en el que no conocía a ninguno de sus contrincantes.
La adrenalina burbujeaba en su sangre, al escuchar a través del corrido, algunas palabras soeces y los golpes. Nunca en todos los años que llevaba apasionada por la capoeira, había tenido la oportunidad de ser testigo de un vocabulario fuera de lugar, en la academia todos se trataban con respeto.
El último escalón, y por fin estaba en la plataforma de concreto, que en algún tiempo había sido el techo de esa vivienda, ahora, totalmente abandonada y a la merced de los jóvenes rebeldes de Rocinha, para plasmar sus obras de artes.
Hombres completamente sumidos en el jogo, no había ni una mujer combatiendo, eso aumentó las expectativas que ya traía, espaldas sudorosas, algunas adornadas por tatuajes, que marcaban los músculos ante cada palmada, varios tipos de cabellos, cortos, largos, lisos, rulos rebeldes, rastas atrayentes, pieles desde el blanco tostado por el sol, hasta el negro más intenso.
La energía que esos cuerpos masculinos desprendían, era única, sin duda alguna, era un tesoro de más de veinte hombres, que la hacían sentir reina entre todos, aunque una parte de ella temiera a algún tipo de rechazo, suponiendo que al no haber mujeres, era porque no eran permitidas en ese círculo que derrochaba testosterona.

Elizabeth no podía ver más allá de la roda, pero Renato no lograba desviar su mirada del extraordinario paisaje, era la vista más hermosa que alguna vez hubiese tenido de Río de Janeiro, estaba en lo más alto de la favela, y la ciudad se presentaba ante él, maravillosa, imponente, desde ese punto tenía a Río en un plano de 360 grados, podía ver todo. La laguna Rodrigo de Freitas, el Cristo Redentor, Pan de Azúcar, Copacabana, Piedra Bonita. Era realmente increíble, apreciar lo hermosa que era su ciudad. Sin duda alguna, la mejor vista la tenían los habitantes de esa comunidad.
Ella decidió arriesgarse, y tan solo con su pantalón de capoeira blanco, un top de expande en el mismo color, su cabello en una trenza que se había desordenado por la caminata, y sus más fervientes ganas se adentró a la roda, que no detuvo el jogo, pero sí se ganó más de una mirada masculina, todas con evidente desaprobación, prefirió no mirar a ninguno de los capoeiristas en la roda, solo a los que estaban combatiendo, y con la barbilla elevada en señal de orgullo se acopló al corrido con palmadas, sintiendo las insistentes miradas de la gran mayoría de los hombres. Pero no se dejaría intimidar, estaba ahí para jugar y eso haría.

Por primera vez en su vida, presenciaba un jogo duro, y aunque era testigo de cómo los jugadores se daban golpes fuertes hasta terminar en el suelo, ella no se acobardaba.

Poco a poco fue ganándose el puesto, cada dos nuevos contrincante, ella rodaba un paso en la roda, cada vez más cerca del Berimbau, y a su primera competencia con capoeiristas desconocidos, en un jogo duro, dónde debería demostrar que estaba hecha para eso. Estaba segura que no la sacarían, porque desde las enseñanzas más remotas de la capoeira, a ningún jugador se le discriminaba.

Evitaba mirar a la cara de los contrincantes, para no llenarse de nervios, faltando a la principal regla de su padre, que decía que siempre debía mirarlos a los ojos, solo veía las palmas chocarse al ritmo de los instrumentos y pechos hinchados de poder, hermosamente marcados y sudados, como no estaba acostumbrada a verlos, porque en la academia siempre practicaban con camisetas, sobre pisos pulidos de madera y aire acondicionado.

Decían que eran hombres peligrosos, que no le tenían miedo ni al mismísimo Diablo, en ese momento eso a ella no le importaba, estaba segura ese día algo cambiaría, se apasionaba aún más por la capoeira que llevaba en la sangre o definitivamente se decepcionaría.
Tras la roda, y atento a cada movimiento de su prima, estaba Renato, implorando en silencio que alguno de esos hombre no le hiciera algún daño, ella estaba totalmente loca y seguro él pagaría las consecuencias, su tío Samuel iba a matarlo, iba a matarlo… se lamentó sintiendo que las pelotas se le subían a la garganta.
Todo era tan distinto a como hasta el momento ella lo había vivido, sentía vergüenza de su uniforme de un blanco impoluto, todos llevaban pantalones de distintos colores, algunos más deteriorados y sucios que otros.
Estaba a tan solo un contrincante para entrar al juego, mientras que los que estaban en el centro de la roda, con movimientos agiles, potentes y cadentes, demostraban que las armas esenciales, eran la malicia, el engaño y la sorpresa.
Ni siquiera ella, que estaba atenta a cada uno de los movimientos lograba predecir, cómo atacaría cada uno de ellos. La roda tuvo que retroceder un paso, cuando el más alto y fornido, sorpresivamente estrelló al otro contra el piso, y se le fue encima, haciendo más rápido e incitador al corrido, que ella misma aplaudía, no pudo evitar que el estómago millones de cosquillas se despertaran, era una sensación de vacío emocionante. Era adrenalina en estado puro.
Había llegado el momento, ese que había soñado durante mucho tiempo, por fin miró fijamente a su contrincante, a esos ojos oscuros como la noche, intentando intimidarlo, aunque al lado de ese negro, fuese realmente diminuta, pero solo ella hizo el movimiento ginga para entrar. El hombre no se había intimidado, simplemente la había rechazado.
No era más que un estúpido machista, que tal vez no la consideraba una jugadora del mismo nivel, o simplemente porque no tenía un par de pelotas entre las piernas. Ninguno más entraba, ninguno más se atrevía, no se reían pero en sus rostros se evidenciaba la burla.
—"La mujer para mí, tiene que ser buena escribiendo —empezó a cantar el mestre, invitando a los capoeiristas o mejor dicho “trogloditas” que la despreciaban—. Tiene que jugar capoeira, ser buena, gustosa y bonita, cosita rica es mujer"
—Cosita rica es mujer —repetía el coro—. Cosita rica es mujer…
Todas las miradas puestas sobre ella, y ninguno la veía como un contrincante más, sino como un buen culo y un par de tetas, a veces los hombres parecían que nunca hubiese avanzado y se mostraban tan elementales, que la exasperaba.
En ese instante, apareció su contrincante, aunque estaba muy molesta por el evidente rechazo, no pudo evitar sentirse feliz, pero se obligó a no sonreír. Era un hombre de rastas rubias, que le llegaban por debajo de los hombros, con unos imponentes rasgos de negro, sobre todo, los gruesos labios, ojos verdes que por el insistente sol le brillaban como los de un demonio, al igual que Renato y ella, parecía no encajar en ese lugar, su piel blanca era cuidada y estaba realmente sonrojada por el sol. En definitiva no era un hombre más de favela. 
Empezó el juego, y él tenía una técnica muy parecida a la de ella, eran movimientos altos y de gran destreza, no se había dejado tocar, o él no quería tocarla, por lo que lo instigó en varias oportunidades, demostrando que era una capoeirista que sabía dominar el juego. Sorpresivamente el hombre con alas de halcón tatuadas en la espalda, se movió en vengativa y con el hombro izquierdo le golpeó con contundencia el seno derecho, el dolor la cegó e inevitablemente se le escapó un jadeo.
Todo pasó muy rápido, frente a ella se plantó otro capoeirista, robándole su minuto para demostrar que podía seguir luchando, sin más, la había sacado de juego. Convirtiéndolo en su peor enemigo, por dejarla en ridículo, inevitablemente se llenó de ira en contra de ese hombre que le había arrebatado su puesto dentro de la roda.
Le importaba una mierda, si se saltaba los principios de la capoeira, si no esperaba un nuevo turno para entrar, volvió a tomar participación en el juego, esta vez sacando al capoeirista con las alas de halcón tatuadas en la espalda, y lucharía contra el que la había hecho quedar en ridículo.
Sentía los latidos de su cuerpo alterado, el calor la sofocaba, tenía cabellos pegados en la frente y el cuello, debido al sudor, la adrenalina burbujeaba en su ser y si no la liberaba, terminaría explotando.
Se movió con rapidez, contundencia, mientras que el hombre se quedó parado, observando a la distancia con las manos en la cintura. Dejando completamente claro que con ella no jugaría.
—Hijo de puta —murmuró realmente molesta, al ver que se empeñaba en ridiculizarla.
Con todo el valor que poseía se le iba encima, dispuesta a derribarlo, pero sin poder predecirlo, esos ojos grises que la miraban sin parpadear, con los párpados entornados, como si estuviese atento a cada uno de sus reflejos.
Dio un par volteretas, con puentes altos, hasta caer justo en frente de ese primate rubio de rizos rebeldes, ella no pudo predecir el inesperado arrastrão, y en un acto reflejo cerró sus piernas en torno a la cintura masculina y se le aferró a los hombros, sintiendo el fuerte golpe en su espalda contra el concreto caliente, y él sofocándola con el peso de su cuerpo.
—Eres muy predecible, moça —murmuró mirándola directamente a los ojos, y Elizabeth se empezaba a preguntar si ese hombre no sabía lo que era espabilar.
Ella se retorcía bajo el fuerte cuerpo que la mantenía aprisionada contra el maldito concreto caliente y áspero, que también le lastimaba el torso desnudo, por lo que se arqueó un poco, pegándose al sudado y fuerte hombre; en medio de la lucha, la fricción de los cuerpos estaba provocando efectos secundarios en el capoeirista.
Elizabeth apretó los dientes, tanto hasta hacerlos rechinar, mientras él seguía observando y disfrutando como la sometía, como ella era una mariposa en la boca de un león.
—Quítate, quítate —le exigió con dientes apretados porque el muy pervertido, se la estaba cogiendo con la ropa puesta y en medio de una roda. No iba a ponerse a gritar, ni a suplicar ayuda, porque si no terminaría siendo la burla de todos, debía demostrar que podía luchar que sus técnicas y potencia estaba a la altura de ese irascible que empezaba a ponerla nerviosa.
De manera inevitable su mirada en un intento por escapar de esa mirada tan posesiva e intimidante, sus pupilas de fijaron en el imponen hombro izquierdo, donde estaba su mano, la quitó como si fuese un hierro ardiente, percatándose que el tatuaje de la cabeza de una cobra, con una incitadora lengua, abarcaba todo el hombro, y entonces recordó esa espalda, atravesada por el ondeante cuerpo de la serpiente y que se perdía debajo del pantalón negro de capoeira.
—Si me liberas la cintura, podría hacerlo —condicionó, poniendo al tanto a la hermosa y delicada creatura, que era ella quien lo tenía prisionero. De cerca era mucho más hermosa, con una boca a la que le desgastaría los labios. Era apenas una niña, pero como lo ponía, no sabía si estaba más duro el suelo o su miembro.
—¡Gavião! —se dejó escuchar el grito de un hombre que irrumpía en el lugar.
La roda de rompió y todos empezaron a correr en diferentes dirección. Renato aturdido sin saber qué hacer buscaba desesperadamente con la mirada a Elizabeth, un segundo estaba luchando con el capoeirista, y al otro segundo ya no, todo era un completo caos, que al ver a varios hombres armados subiendo por las escaleras, también se echó a correr, lanzándose por el barranco, que lo hizo rodar cuesta abajo, y milagrosamente terminó en un botadero de basura, apenas con un par de rasguños en un brazo.
Desde ese lugar vio a los hombres con más armamento que la policía nacional, y que sin ningún disimulo las llevaban en lo alto, correr por los callejones, detrás de quién sabe qué. Las detonaciones no se hicieron esperar, obligándolo a que se lanzara al montón de basura pestilente, convirtiéndolo en una masa trémula. Esperó hasta que los disparos cesaran y una vez más se levantó.
—¡Eli! ¡Elizabeth! —gritó el nombre de su prima, mientras agarraba el bolso que había caído un par de metros alejados de él—. Dios mío —murmuró temblando íntegramente, mientras caminaba entre la basura, para salir de ahí—. ¿Dónde está? Que no le pase nada, es mi culpa, es mi culpa, nunca debí acceder a sus chantajes —decía llevándose las manos a la cabeza, se dejó caer sentado con los nervios haciendo estragos en todo su ser, y decidió buscar el teléfono móvil en el bolso, sabía que no tenía cómo comunicarse con ella, porque él llevaba todo consigo, hasta el dinero.

Estaba decidido a llamar a su tío Samuel, pero si lo hacía para informarle que Elizabeth había sido llevada por más de veinte hombres, a las entrañas de la favela más grande de América, sino se moría de un ataque con la noticia, sería porque guardaría la fuerza para matarlo a él.
—¡Elizabeth! —volvió a gritar con todas sus fuerzas, y al no tener respuesta se echó a llorar con las manos en la cabeza.

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